lunes, 5 de septiembre de 2011

Y vivieron felices y comieron lechuga.



Cuando mi abuelo cumplió sus setenta y todos, como a él le gustaba decir, yo apenas gozaba de los años que me cabían en una mano y dos más de la otra. Sentada en su cama, me pidió que le contara un cuento. Me encantaba ese ritual: me ponía el pijama y le narraba lo que se me ocurría. Acababa durmiéndome yo del puro agotamiento. Por arte de magia, siempre amanecía en mi cama al día siguiente, bien tapada y cerrada la puerta.
Aquella noche, sin embargo, me decanté por un clásico, y decidí entretenerle con La Bella Durmiente. Él se dio cuenta en seguida, porque levantó la cabeza y me reprochó que si ya estaba yo con esos cuentos tan tristes que me enseñaba la abuela. Cuando, desconcertada, le expliqué que aquel cuento terminaba con un final de los felices, me sonrió, traspasándome con la mirada, y me dijo:

-¿Final feliz, dices? ¿Feliz para quién exactamente?A mi no me engañas. ¿Acaso las perdices son felices en ese cuento? ¡Virgen santa!¡Deben de estar ya en peligro de extinción!

Would you hold my hand...


if I saw you in heaven?


Caminaban muy juntos, uno al lado del otro, evitando por todos los medios cruzar miradas. Ya era tarde, y el neón hacía su presencia en la casi vacía calle de la ciudad. Ella llevaba su vestido de flores, aquel que se le ceñía tanto a su cintura que arrancaba a su padre un gruñido de desaprobación y a él una taquicardia incontrolable cada vez que salía del armario. En nada comenzaría mayo, al fin y al cabo. Su casa apenas quedaba a dos calles de donde se encontraban, y él no pudo evitarlo. No podía esperar más. Quería disfrutar con ella aquel verano de 1986 que se acercaba ya a pasos agigantados, cansado de esperar siempre el momento perfecto para luego rechazar todos. Y se dijo que no había tal instante, que no existía, que en realidad, todos los momentos son idóneos para eso. Casi con furia, la atrajo hacia sí y la besó. Cien años no hubiesen bastado para borrar de su memoria la sonrisa que puso ella al separarse.
Fue entonces cuando, muy lentamente, y sin decirse nada, se dieron la vuelta para continuar caminando, sin atreverse todavía a cogerse de la mano.
Prometía aquel verano.

El 26 de abril de aquel año, Chernobyl vivía la mayor catástrofe nuclear hasta el momento.


Tres meses después, ella sí se atrevía a sostenerle la mano mientras a él se le escapaba la vida en aquella cama. No quedaban ya palabras que decirse, no quedaban ya lágrimas que llorar, no quedaban ya días de verano a los que agarrarse, ni besos que dedicarse, solo una leve caricia antes de quedarse sola.
Suspiró y salió a la calle, esperando a que llegase su momento, después de todo, ya nadie se libraba en aquella maldita ciudad.


Would it be the same, if I saw you in heaven?

No sé

despertarme de buen humor, escribir relatos conmovedores, tocar la guitarra, jugar al fútbol, saltar con pértiga, arañarte el corazón, cantar ópera, callar con un beso, callarme, hacer que llueva y viajar en el tiempo.

Pero sé lavarme los dientes de maravilla.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Y se fue por la puerta grande,

o por el garaje, según se mire.
Se marchó dejándome el techo en el suelo.
Aquella misma mañana, mi escoba se suicidó.

domingo, 21 de agosto de 2011

jueves, 18 de agosto de 2011

¿De dónde sale el sol?



¿De qué se esconde?




Eran las siete y cuarenta y cinco, y los ojos se me cerraban. El rocío había empapado mi ropa, y las consecuencias empezaban a notarse en mi garganta. Habíamos pasado allí toda la noche, sin ninguna tienda de campaña, saco de dormir o cualquier manta que pudiera recordarnos que en alguna parte seguía existiendo aquello a lo que llaman "calor". Fue entonces cuando lo vi, vino tan despacio, que apenas parecía moverse, pero su presencia se notó enseguida.




Apareció por aquellos árboles tan altos que hay justo detras de tu casa, aquellos que talaron apenas terminar el verano. Nada más verlo, me limpié las legañas y te desperté. Bostezaste y sonreíste, me miraste fijamente y me dijiste, muy serio.




-¿Ves? Te dije que hoy saldría el sol.

Nunca será demasiado tarde, princesa.

Esperanza no tenía más que el nombre,


además de los pies fríos, y triste la mirada.




Lloraba siempre en la ducha, no para esconderse de los demás, me decía, si no de ella misma, "así, las lágrimas se confunden con el agua que cae sobre mis hombros".




Cuando todo estaba mal, ella daba una fiesta. Invitaba a todos: conocidos y desconocidos, y bailaban hasta el amanecer. Luego se tumbaban a dormir, allí donde estuvieran, ya fuera playa, montaña, casa, jardín o luna llena en pleno agosto.




Fue ella con quien estuve aquella mañana azul de mayo, y no gris u oscura, como se suelen pintar estas escenas, cuando, despues de verme llorar en silencio, me dijo




-Aún a estas alturas, un último esfuerzo siempre valdrá la pena.







Quiero que me digas, amor,



que no todo fue naufragar



por haber creído que amar



era el verbo más bello.



Dímelo,



me va la vida en ello.